SEPARADOS

No me escribas. Estoy triste, desearía morirme.
Los veranos sin ti son como noche sombría.
He cerrado los brazos, que abrazarte no pueden,
invocar mi corazón, es invocar la tumba.
¡No me escribas!

No me escribas. Aprendamos únicamente a morir en nosotros.
Pregunta sólo a Dios…, sólo a ti mismo, ¡cómo te amaba!
Desde tu profunda ausencia, escuchar que me amas
es como oír el cielo sin poder alcanzarlo.
¡No me escribas!

No me escribas. Te temo y temo mis recuerdos;
han guardado tu voz, que me llama a menudo.
No muestres agua viva a quien beberla no puede.
Una caligrafía amada es un retrato vivo.
¡No me escribas!

No me escribas dulces mensajes: no me atrevo a leerlos:
parece que tu voz, en mi corazón, los vierte;
los veo brillar a través de tu sonrisa;
como si un beso, en mi corazón, los estampara.
¡No me escribas!

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LAS ROSAS DE SAADI

Quise hoy de mañana regalarte unas rosas
pero tantas me puse en mi traje ajustado
que los nudos apenas pudieron contenerlas.
Y saltaron los nudos. Y volaron las rosas
con el viento hacia el mar: me habían abandonado.
Y siguieron y el agua no quiso devolverlas.
Volviese roja el agua, pareció llamarada.
Esta noche mi ropa sigue aún perfumada…
Ven y respira en mí su fragante llamada.

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EL ALMA ERRANTE

Soy la plegaria que cruza
este mundo donde nada es mío:
soy la paloma en el cielo,
amor, por donde te voy buscando.
Rozando la ruta fecunda,
espigando la vida a cada paso,
he ganado los dos flancos del mundo,
Ppendiente del soplo divino.

Ese soplo depuró la ternura
que fluía de mi canto herido
y vertió su santo entusiasmo
sobre el pobre y sobre el cautivo.
Y heme aquí, sigo alabando
mi única posesión, el recuerdo,
recorriendo, de aurora en aurora
el interminable porvenir.

Voy al desierto lleno de agua viva
a lavar las alas de mi corazón,
pues sé que hay otras orillas
para aquellos que os buscan, ¡Señor!
allí veré subir las falanges
de los pueblos que el hambre ha aniquilado,
y veré cómo regresan los ángeles,
desterrados, pero más tarde invocados…

Dejadme pasar, soy madre;
al hado volveré a pedirle
los dulces frutos de una flor amarga,
mis hijos, que la muerte me ha robado.
Creador de sus jóvenes encantos,
vos, que contáis los gritos fervientes,
os daré tantas lágrimas
¡Que me devolveréis a mis hijos!

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LA AMIGA

Cuando mi sombra al sol tiembla sola y se inclina,
cuando busco unos pasos en torno a los míos,
cuando escucho atenta, y digo muy bajito:
“¡No hay nadie!”, una eterna sombra joven, divina
se eleva y responde: “¡Estoy aquí, Marcelina!”
“Nunca digas: ¡no hay nadie!: o te vence el abandono.
Si subes hacia Dios, estoy en la colina;
y si bajas envuelta en llanto, yo bajo llorando!
Y mi amiga que exclama: “¿Cómo estás? Albertina!”

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LOS DOS AMORES

Era el Amor más alocado que hondo;
su débil flecha el corazón rozando,
ligera fue como un gran embuste.
Ofrecía el placer sin hablar de ventura.
En tus ojos fue donde vi que había otro amor.
Ese olvido completo de sí mismo,
ese afán del amor por sólo amar,
y que el vocablo amar nunca puede expresarse,
está en tu corazón y el mío lo adivina.
Siento en tus arrebatos y en mi fidelidad
que a la vez significa dicha y eternidad
y todo el poderío de la fuerza divina